Fin de la austeridad

Feijoo, con estos presupuestos, salda su deuda con los empleados públicos al día siguiente de ganar las elecciones y no el día antes, y esto le honra. Otros no lo hubieran hecho. Y, al hacerlo, se merienda gran parte del incremento presupuestario. Por tanto, es difícil saber en estos momentos cuál va a ser su estrategia futura de gasto. No obstante, muestra algunas maneras dignas de comentar. La primera es que abandona el ladrillo. Lo hace de tal modo que destaca como una gran inversión los cinco millones que destinará a la futura Facultad de Medicina de Santiago. Tiempos hubo en que inversiones de esta índole apenas se mencionaban. La segunda, es su apuesta por reducir la carga fiscal. Impuestos cero al rural y las rebajas en sucesiones e IRPF parecen una apuesta a largo plazo. Lujos que se puede permitir, en parte, gracias a la caída de un 13,4 % de los gastos financieros. El fruto de su polémica política de austeridad. De hecho, parece asumir que sus ingresos van a depender esencialmente de las transferencias del Estado, las cuales, obviamente, están vinculadas a nuestro crecimiento económico. La tercera sería cómo visualiza el gasto, como una estructura con cuatro grandes ejes: política social, empleo y competitividad y sector primario.

Las cifras de los Orzamentos, en más de una partida, marean, como los 338 millones destinados a personas con dependencia, pero al instante uno se pregunta: ¿dónde están? ¿Cómo es posible que destinemos una cantidad tan importante y tengamos la sensación de que estamos absolutamente en precario? ¿Dónde me estoy perdiendo?

Feijoo es un político forjado en la austeridad que ha de mostrar su capacidad de gestionar el crecimiento y en estos presupuestos poco se puede vislumbrar. La recuperación del poder adquisitivo de los funcionarios distorsiona todas las cifras, pero en todo caso algo empieza a mostrar. Y lo que se visualiza no es negativo, en todo caso, tocará esperar al 2018 para ver el verdadero rostro presupuestario de la Xunta.?

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/economia/2016/12/03/fin-austeridad/0003_201612G3P3993.htm

Que se pare el mundo

Que se pare el mundo. Todo gira a excesiva velocidad. Los cambios de paradigma son permanentes, uno detrás de otro. Sonreímos con los cambios tecnológicos, como si todo fuera un juego de niños el día de Navidad. Que si ayer no había WhatsApp y hoy lo hay, que si el Facebook de la abuela, o el Instagram colorido del tío Manolo. Pero detrás de todo ese lenguaje nostálgico, en donde un cuarentón ya se siente octogenario, hay una nube tangible de alteraciones de los procesos de producción, los modos de relacionarse, de construir las vidas, de sentir el suelo de nuestra existencia, de nuestro simple vivir. 

Que se pare el mundo. La sociedad occidental está acostumbrada a tener una verdad. Y es que no lo olvide, somos adoradores de la unicidad. Los amantes del brexit no desean volver a una Inglaterra cargada de viejas costumbres, ni acostarse con un pelirrojo o enamorarse de una mujer de mofletes sonrojados. Desean simplemente saber dónde empieza y termina su existencia. Hoy no lo saben. Como tampoco lo saben los estadounidenses de la América profunda. En un lado y otro hay gentes sencillas, deseosas de creer en el Estado, en su Iglesia, de escuchar voces de autoridad que les digan que el futuro es progreso, pero esencialmente que lo que ha de venir es cierto, exacto, medible. Este es el mundo que nos negamos a reconocer.

Crecemos, ¿crecemos?

Observar a Galicia crecer al mismo ritmo de España es algo hermoso. Lo es por extraordinario y lo es por lo que tiene de oportunidad. En lo primero, quizás todos estemos de acuerdo, lo segundo ya no es tan evidente. José Luis Rodríguez Zapatero vio las mejores magnitudes macroeconómicas de España y, ¿qué sintió? Que la economía no le necesitaba y debía centrarse en los derechos civiles de los sectores más castigados. Obviamente en lo primero se equivocó. La economía sí lo necesitaba, tanto que llamó a gritos a su puerta. Cuando la abrió y la observó en toda su desnudez, se tomó un año sabático. El presidente Feijoo, a diferencia de Zapatero, ha nacido en la austeridad. Se maneja hábilmente en las políticas de ajuste y tiene una capacidad endiablada para no equivocarse. De hecho, su principal acierto es ese, evitar el error. Pero los tiempos han cambiado y quien ha sido hábil para gestionar la austeridad no tiene por qué ser el más idóneo para pilotar el crecimiento. ¿Por qué? Las oportunidades y el destino. Hoy, y especialmente mañana, tendremos velas para recorrer océanos que nos estaban vetados. ¿Lo haremos? No lo tengo nada claro. Demasiados riesgos. Lo sensato es amarrar en los puertos conocidos, bajar a tierra sin sobresaltos. Claro que hay otros destinos para Galicia, otras naciones nos muestran caminos a seguir y, desde luego, no estoy pensando en Venezuela o en Cuba, pero, ¿los puede recorrer un presidente acostumbrado a minimizar riesgos? Ese será su reto.

Galicia debe diferenciarse del resto de España. Actualmente crecemos apoyados por el consumo privado que, por fin, empieza a repuntar, por el sector exportador, estrechamente vinculado al buen comportamiento de Inditex y Citroën, y por el gasto de las administraciones públicas, superior al del resto del Estado. No es una mala foto y, en ella, algo de mérito tiene la actual Administración autonómica, es de justos reconocerlo.

Pero es igualmente justo asumir que tenemos una debilidad, la inversión empresarial. Galicia aún no es tierra cómoda para el empresario. La Administración autonómica, a pesar de la bocanada de aire fresco que representa la Consellería de Economía, perfectamente pilotada por Conde, está cargada de un exceso de formol. Burocracia, minifundismo mental, acomodo sistemático y, en más casos de lo aceptable, una visión equivocada de lo que es Galicia. Estos son algunos de los males que se sienten al entrar por San Caetano. Pero que nadie piense que ahí residen todos los males de Galicia. Dios quisiera. Estamos plagados de administraciones lentas, pesadas, asfixiantes, como bastantes ayuntamientos -A Coruña es un buen ejemplo de ello-, o las grandes reinas dieciochescas, las universidades, monopolísticas, dueñas absolutas del espacio de educación superior. Plagadas de cargos académicos que cuando les entra un momento de inspiración fortalecen la burocracia para que el papel gobierne por ellos. Total, ¿dónde está la competencia? Y callemos, que lo público, cuando es educación, no se puede cuestionar. Es evidente que necesitamos un presidente que sea líder social, que entienda lo político en su sentido más amplio, evite su zona de confort y deje la gestión cotidiana a otros. Que utilice las herramientas que tiene, que no son pocas, para impulsar otro tejido económico. ¿Por qué? Porque, por fin, tenemos lo necesario para construir nuevos moldes, el crecimiento. ¿Sabrá Feijoo manchar de arcilla sus manos? Está por ver. 

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/mercados/2016/12/04/crecemos-crecemos/0003_201612SM4P5991.htm

Todo cambia

Todo cambia. Cambia lo superficial. Cambia también lo profundo. Cambia el modo de pensar. Cambia todo en este mundo. Caía la democracia en Chile y Julio Numhauser, exiliado en Suecia y mirando a Santiago, nos lega esta verdad, tan profunda que la inmensa mayoría de las veces non negamos a escucharla. Tenemos tanta ansiedad por vivir en un mundo de certidumbre que en los momentos de máximo desconcierto lo único que llegamos a pensar es que estamos sin brújula. Perdidos en un mundo de quietud. Hundidos en un bosque que no entendemos. Y no, todo cambia. Se mueven los suelos, se alteran las paredes, se reubican los ejes ¿Y? nada. Porque también cambia el modo de pensar. Cambia lo superficial. Cambia lo profundo. Nos reajustamos.

El 2017 será un año totalmente distinto al actual. Habrá un único cordón umbilical con el pasado, con el hoy, el desempleo. A partir de ahí, el escenario será nuevo. Por un lado, nos tocará predecir el comportamiento económico de los nuevos populismos conservadores. Entender, como mínimo, la política económica del Reino Unido del brexit y de los Estados Unidos de Trump. Tarea que no ha de ser complicada siempre y cuando ellos se entiendan a sí mismos y sean capaces de lanzarnos un mensaje coherente.

Internamente, sufriremos, y mucho, con el debate de las pensiones y el nuevo rol que previsiblemente le querrán dar a las pensiones de viudedad. Y todo ello aderezado con inflación. Sí, inflación. Mis lectores saben que he abordado este tema varias veces y siempre en la misma dirección, advirtiendo de que estaba más cerca que lejos. Hoy no solo se comenta en esta columna, ya es parte integrante de los discursos oficiales del Banco Central Europeo. Cierto que Mario Draghi, y el resto de los mortales, ansiábamos una inflación de demanda, una subida de precios impulsada por un crecimiento acelerado del consumo, y no una de costes. Pero la vida es así. Todo cambia y los mismos que nos pusieron el diésel a menos de un euro el litro en breve nos harán pensar que ese precio fue un efímero regalo de navidad. La inflación alterará todo y, en primer lugar, pondrá punto y final a una política monetaria extremadamente expansiva. Las entidades financieras subirán sus tipos de interés y podrán volver a vivir de su margen de intermediación y la deuda ¡Ay, la deuda! La nueva deberá emitir a tipos, obviamente, más altos, robándole protagonismo a los activos del mercado secundario. Los precios de esos títulos deberán caer para ser competitivos y, al hacerlo, veremos a un buen número de fondos entrar en rentabilidades negativas. A Montoro le nacerá un nuevo problema, el coste de la deuda, que, sí o sí, se va a encarecer. Las familias no sabrán qué hacer. Los fondos en renta fija dejarán de ser atractivos y los depósitos seguirán en rentabilidades simbólicas. Muchos inversores buscarán espacios de máxima liquidez, eso o la adquisición de otros títulos. Ahora sí. Ya hay inflación y, por lo tanto, la creencia de que el activo comprado, siempre y cuando no sea un bono, vivirá en un espacio de liquidez. Es decir, entraremos de nuevo en el inmobiliario. Buscaremos la usada porque en la nueva, prácticamente, ya no quedan inmuebles atractivos. La mejora de la vivienda tirará al alza el empleo y, con ello, el consumo, creando un bucle que se retroalimentará de modo positivo y que, de hecho, ya está funcionando en algunos lugares de España. Veremos cómo entra un efecto desaparecido de nuestras economías, el conocido como efecto riqueza. La liquidez y la subida de los precios de los activos harán que cientos de miles de familias se sientan más ricas. Su patrimonio vuelve a estar en el mercado. Este sentimiento alterará positivamente las pautas de consumo. Empezaremos a ver otra España, con otros problemas y con otras soluciones.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/mercados/2016/11/18/cambia/00031479502194014106832.htm

Y ahora, ¿qué?

Ya hay gobierno. Y ahora, ¿qué? Espero que esa pregunta no se la hagan ni Mariano Rajoy ni los líderes de Ciudadanos y PSOE, porque los tiempos en que el futuro se construía yendo a buscar tréboles de cuatro hojas al campo ya han pasado. Toca centrar las líneas de futuro y con ello darle la vuelta al enfriamiento económico que se espera para el 2017, ralentización que, de confirmarse, supondría dejar de generar 100.000 empleos. Por ello, la primera línea de diálogo tendría que haber sido definir la política fiscal de aquí a los próximos diez años y, una vez consensuada, trasladarla a los sucesivos presupuestos generales del Estado. Pero dados los tiempos y plazos en los que nos movemos, esto ya es imposible, así que sentémonos, cerremos unas cuentas del Estado que cubran el mínimo común denominador de las diferentes fuerzas políticas y pasemos a negociar lo que está por venir.

Empecemos hablando acerca de dónde sacamos los 5.500 millones que necesitamos para ajustar el déficit y, aunque considero admisibles diferentes soluciones, ninguna que pase por castigar la esencia de nuestro estado de bienestar. La tijera presupuestaria tiene mucho camino que recorrer antes de llegar a Sanidad y Educación. Podría empezar por reducir la burocracia de las administraciones públicas, burocracia que, por otra parte, solo sirve para que cuatro empresas espabiladas se queden con la mayoría del gasto público menudo. Las grandes obras son otra historia. Si siguen faltando ideas, que se continúe por las fusiones municipales. La mayoría de las naciones europeas ya van por la segunda ronda, mientras que nosotros aún no hemos empezado la primera. Y si se animan a ello, que le den dos vueltas a la financiación municipal y a las licencias urbanísticas. Vincular sus arcas a la construcción solo ha provocado que más alcaldes de los deseables se prostituyesen ante el dictado del ladrillo, cuando no directamente ante determinados promotores. Si abren la agenda a esos espacios de mejora, que no se olviden de que, una vez resuelto el enigma de cómo pagamos esos cinco mil millones, debemos encontrar otros 18.000 para cubrir el déficit que tendrá nuestro sistema de pensiones en el 2018. Y ya metidos en faena, habría que reunir al Pacto de Toledo para diseñar las bases de un sistema que sea autosostenible bajo nuestra actual y futura pirámide de población. Debate que no será fácil, pues llegarán los populistas y soltarán aquello de «se pagan con los presupuestos generales», como si estos estuviesen vacíos de contenido esperando que alguien tuviera una idea feliz. El tema es muy serio, esperemos que los asistentes al Pacto estén a la altura del problema.

Mientras resolvemos los grandes desajustes financieros del Estado, no debemos olvidar que la economía en manos del poder público ha de ser un medio para generar bienestar a la sociedad. Y este pasa porque todos los españoles no solo han de tener acceso a una educación y sanidad de calidad, sino que también han de percibir que esos dos grandes sistemas no los han abandonado. Esto nos lleva a abrir de nuevo el debate de la financiación autonómica y tener claro cuáles son las líneas rojas que no podemos cruzar. Una Cidade da Cultura, se construya donde se construya, no puede hacerse a base de generar listas de espera en la sanidad pública. La muerte no espera y nuestros enfermos tampoco. Dicho esto, es bueno recordar que ningún vehículo anda más rápido por tener su depósito lleno o que el dinero esconde las ineficiencias, pero no las subsana.

Tantas veces he escuchado aquello de «no es no», que llegué a pensar que era una canción de rap. Ahora que ya no hay voz que lo entone, toca recordar que millones de españoles llevamos esperando un año para ver cómo nuestra clase política dialoga y pacta soluciones para los grandes problemas del país. Por favor, no nos hagan esperar más.

http://www.lavozdegalicia.es/mercados/2016/11/06/0003_201611SM6P5991.htm

Continuismo económico

Los que han compuesto la música que suena en la vida económica son los llamados a versionarla. Sí, versionarla. No esperemos una nueva letra. Acaso cambios en las cadencias. Introducción de algunos ritmos nuevos. Poco más. No tendría sentido que se levantara el telón económico de la nueva legislatura y la orquesta fuera otra. Han sido estos músicos, y no otros, los que le permitieron a Mariano Rajoy sobrevivir a la tormenta de los mil casos de corrupción.

A quien no sé si felicitar es a Cospedal. Los últimos políticos enviados a Defensa encuentran en ese ministerio el fin de su carrera política. No creo que ella vaya a ser una excepción. Retiro dorado para quien recibió la mayoría de los tomates lanzados en el teatrillo.

Es previsible que el nuevo Gobierno presente, al menos, dos agendas especialmente relevantes, una económica y otra educativa. La segunda la coordinará Méndez de Vigo y la primera girará sobre Báñez, Montoro y De Guindos. Alguien dirá que Báñez es necesaria para mantener los actuales niveles de creación de empleo. Falso. Crece el número de cotizantes porque crece el país, mantengamos las constantes vitales de España y superaremos de modo natural los veinte millones de ocupados. De eso y de nuestras relaciones con aquellos que nos ayudaron cuando estábamos al borde de la quiebra se ha encargado, y de modo satisfactorio, De Guindos. Lo lógico es que continuase, o al menos que se le ofreciese continuar. La ministra de Trabajo ha de liderar uno de los debates más profundos y dramáticos de nuestra historia económica reciente, la rebaja de las pensiones. Y que esto se produzca en mayor o menor grado dependerá de la capacidad de Montoro para encontrar la financiación necesaria para cubrir el agujero del sistema. El ministro de Hacienda no es la alegría de las fiestas ni el contertulio buscado, pero domina las arcas públicas y eso hoy vale más que cualquier sonrisa.

La sociedad espera que los sacrificios se repartan y que si los empresarios deben pensar permanentemente cómo mejorar sus costes de producción y los hogares cómo ajustar el presupuesto familiar, el Estado no ceje en su empeño por reducir la burocracia y los gastos innecesarios. Esa responsabilidad recae en la vicepresidenta, pero Soraya, al menos en este campo, ha estado de sabático, así que no auguro en ella una energía renovada, salvo que algún partido de la oposición la ponga a trabajar.

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Espacios para el diálogo

Hemos convertido el pacto en un acto de debilidad, el diálogo en una ligereza y el consenso en una rareza. Lo robusto es anclarse en la negación y lo político ya no es transformación. Es un simple acto lúdico. Una opereta para el común. Fidelización a través del odio y el entusiasmo por el esperpento. Nos descabalgan de los retos colectivos.

Ahora bien, si algún día este país, tan fracasado en lo social, decide dar un paso adelante y encontrar espacios de encuentro, déjeme que le sugiera tres.

Sistema de pensiones. Dentro de catorce meses estaremos debatiendo si emitir o no deuda para financiar el sistema. Los más populistas dirán «¿Por qué no endeudarnos en veinte mil millones? -la cifra estimada- ¡Si la banca comió mucho más!». Y realmente, si fuera pedir esa cantidad y punto pelota, era el primero. Pero es que al año siguiente tocan otros veinte y al otro, otros veinte y así en un suma y sigue. En el mejor de los casos, si las cifras de empleo se mantienen, que es mucho decir, tendríamos el sistema equilibrado en el 2023, es decir, cuando hubiéramos encontrado empleo para 2,5 millones de españoles. Llegado ese momento estaríamos ajustados, pero como seguirían llegando jubilados, volveríamos a entrar en nuevos desequilibrios. Un millón más de pensionistas reclaman tres millones de trabajadores. ¿Qué hacer? ¿Dónde encontrarlos? Aquí viene el segundo reto, la política migratoria.

Migración. Antes de siete años, España volverá a ser receptora de inmigrantes y estos pueden llegar como flujo sin control, desperdigándose de modo estéril, o canalizarlo y con ella alimentar eficazmente el tejido productivo. Aprendamos de Australia, Canadá, Alemania, del mismo Reino Unido. Creemos las condiciones necesarias para captar el capital humano de aquellas naciones que no son capaces de retenerlo. Incorporémoslo a nuestra cultura y costumbres ¿Cómo? Existen diferentes vías; una de las más eficaces es el sistema educativo. Hagamos permeables las facultades, pongamos puentes de plata a los estudiantes extranjeros de enseñanzas medias para que puedan entrar en nuestros grados, diseñemos nuevas políticas de becas, favorezcamos visados, creemos más residencias, flexibilicemos las convalidaciones internacionales. Abramos el sistema. Y puestos a hablar de Universidad, extendamos el debate a la educación superior, el tercer elemento a consensuar.

Educación superior. España vive una anomalía en su educación superior. Ha creado dos sistemas y entre ellos no se comunican, la formación profesional y la universitaria. La segunda ningunea a la primera deseando que sea el camino errático de aquellos que no pudieron o quisieron cursar un grado universitario. Es un tú o yo. Esto es anómalo. Falta un itinerario natural, una formación profesional eminentemente dual y convalidable, tal y como potencian los acuerdos de Bolonia, de tal modo que los estudiantes de ciclo superior puedan entrar directamente en el tercer semestre del grado o, como hacen en multitud de facultades británicas, en el quinto. ¿Por qué no hacerlo? Simple: las Administraciones autonómicas financian a las universidades por el número de alumnos que matriculan cada año. Si la formación profesional les roba los de tres semestres, les estaría conduciendo a la quiebra. ¿Coste de esta anomalía? Un país lleno de graduados realizando tareas auxiliares y puestos técnicos carentes de expertos capaces de cubrirlos. El mundo no es como lo hemos pintado, existen otras realidades, y tendremos que empezar a valorarlas. ¿Se hará? No, ningún partido se enfrentará en solitario a una reforma de este calado.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/mercados/2016/10/23/espacios-dialogo/0003_201610SM23P5993.htm