¿Rehén de su destino?

Algunos filósofos de la Ciencia nos han recordado que nuestra cultura cristiana, basada en una única figura central, nos mediatiza a la hora de buscar soluciones a problemas complejos. ¿Cómo? La obsesión por la gran respuesta, por el elemento mágico. El subconsciente cultural nos lleva a olvidar que la vida es complicada, no tiene respuestas permanentes ni soluciones únicas. ¿Y Galicia? ¿Tiene una respuesta única? Tampoco. En primer lugar, debemos recordar que somos una identidad y no un espacio demográfico. Si tenemos esto claro obtendremos un marco en el cual plasmar nuestras estrategias. ¿Cuáles? Hay muchas, y también muchos lugares en los que inspirarnos, naciones llamadas a ser países de escaso desarrollo y que tuvieron la inteligencia de torcerle el brazo a su destino. Pienso en Irlanda, Corea del Sur, Singapur, Australia, Finlandia o Israel. Estados que iniciaron su historia reciente siendo pobres jugadores de segunda y hoy le dan lecciones al mundo. Me dirá que España hace medio siglo tampoco era nadie, y no se equivocará, pero soy de los que piensa que toca reinventarnos, nuestro modelo, tanto el político como el social, está agotado. Y el nuevo debe ser flexible, es más, Galicia necesita que sea así, porque si nos encorseta por los cuatro costados, ¿Cómo vamos a construir un traje a medida?

Pensemos en un momento en Israel, considerada, después de Estados Unidos, la gran potencia tecnológica del mundo. Si en algún momento los gallegos deseásemos replicar sus estrategias, algo que es prácticamente imposible que ocurra, dado el estatalismo y conservadurismo de nuestras fuerzas políticas, no podríamos. El marco legislativo español nos restringe y bastante más de lo que pensamos. Tendríamos que hacer una gestión del conocimiento, de la educación superior, diametralmente distinta a la actual, y además desarrollarla en un espacio en el que la iniciativa privada fuese trascendental. Y en esta mutación más importante que el conselleiro de Economía es el de Educación. Mejor tirar la toalla.

En Israel el conocimiento no está monopolizado por las universidades públicas. Todo lo contrario, ha creado un vasto ecosistema transversal inundado de iniciativa privada. Lo primero, el investigador vale lo que vale si transfiere conocimiento al país y no si divulga sus avances entre los académicos de Tasmania. En segundo lugar, existen universidades de una única facultad centradas en un área de conocimiento, como la ciberseguridad. ¿Por qué cuatro académicos de prestigio no se pueden independizar y crear una facultad con rango universitario? ¿Arriesgar su patrimonio y ser excelentes en aquello que dominan? ¿Cuál es el riesgo? Ya lo sabe. Que tengan alumnos y con ello muestre las vergüenzas del sistema público. Tercero, existe una fuerte cultura emprendedora impulsada por inmigrantes altamente cualificados. Cuarto, potenciación de la educación superior de carácter tecnológico. Hoy, Galicia es un polo tecnológico dentro de España gracias a la creación, en su día, de facultades de Informática e Ingeniería. La oferta de capital humano crea industria asociada a ese capital. Ahora bien, si en Israel comentas que esa labor debe ser exclusiva del sector público, te toman por lelo. Quinto, apoyo económico muy fuerte, por parte del sector público, a las compañías de base tecnológica que hayan pasado determinados filtros de viabilidad. Sexto, sectores tractores de la innovación. Ese papel bien lo podrían jugar los clústeres, esencialmente los más fuertes, como el metal o la madera, y posiblemente así lo hagan cuando los investigadores gallegos encuentren el puente de plata que les conduzca a las empresas y, por último, o séptimo, el aislamiento de Israel, que han convertido en virtud. Todo lo que producen debe ser exportable a nivel mundial, no regional y si es intangible, mucho mejor.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/mercados/2017/05/21/rehen-destino/0003_201705SM21P5991.htm

Empiezan las quinielas

Tiempo. Si el Popular tuviera tiempo, no estaríamos hablando de él. No lo tiene. La denominada crisis financiera ha sido realmente una crisis de solvencia bancaria cargada de multitud de efectos colaterales. En el 2010, los bancos centrales del mundo decidieron, en el seno del Banco Internacional de Pagos, cambiar las reglas de juego del sistema financiero. Acordaron obligar a las entidades a tener un nivel de robustez, de solvencia, desconocido. Por ello, hoy el Popular, teniendo una ratio de capital de máxima calidad cinco veces superior a la de las cajas gallegas en el momento de su intervención, decimos que está débil. Y no decimos toda la verdad. No está débil, lo que está es con dificultades para conseguir saltar la altura que le exigirá el regulador a finales de año.

El banco es eficiente, tiene el 18 % de la cuota de mercado en segmento de pymes y gana dinero, y no poco, para los tiempos actuales. Pero no le llega para metabolizar el ladrillo que se comió durante los años más duros. Las provisiones se comen todo su margen de intermediación y, como no alcanza, devora su capital de máxima calidad. Y como no hay tiempo para que cure heridas en solitario, toca fusión. Y aquí llegan las quinielas. Cualquiera de los cuatro grandes podría absorberlo. Bankia, líder en Madrid y poco más en el resto del país, pasaría a ser un jugador nacional. Y dejaría de ser un banco de familias para ser también banco de empresas. Santander o BBVA se convertirían en la primera entidad de España, otra cosa es que esa medalla les haga gracia. Ana Botín tiene claro que preside un banco global y cuando piensa en compras piensa en valor para los accionistas, no en cuota de mercado nacional. El precio será clave. BBVA es transformación digital y esto implica menos red y más máquina, pero también es cierto que, salvo México, no lidera ningún mercado. Reforzaría su cuota y le metería de lleno en la banca de pymes; pero este es un segmento más demandante de asesores, de personas, que de vanguardia tecnológica. Caixabank, primer banco de España, obtendría más sinergias y a menor coste con Liberbank, el Popular no le sería rentable. ¿Y uno del exterior? No lo descarten.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/economia/2017/05/17/empiezan-quinielas/0003_201705G17P3993.htm

Uber y la flauta de Jenofonte

Unos siglos antes del nacimiento de Jesucristo, un veterano general griego amante de la filosofía, Jenofonte, afirmaba que una flauta podría ser muchas cosas: un juguete, una vara o un instrumento musical; pero, para ser esto último, era necesario que el que la usara supiera extraer de ella música. Intentaba explicar que las cosas son como las vemos y no como nos las quieren hacer ver. Y parece obvio que cuando alguien utilizaba un servicio de Uber lo que estaba viendo era un taxi. Poco importaba que estuviera o no rotulado o que careciera de licencia. El usuario estaba ante un taxi. Esto es lo que viene a decir esta sentencia, escrita en el siglo XXI, y no me parece ninguna novedad. Seguro que a Jenofonte tampoco.

Hay que tener en cuenta que dado que en algunos países de Europa el sector del taxi está regulado, como es el caso de España, toca asumir la regulación vigente. Parece obvio. Es más, vivimos en una sociedad, la española, cargada de regulaciones. Porque allá donde mires te las encuentras. En la estiba, las farmacias, la educación ¿Es un acierto? Lo dudo. A mi juicio, toca deshacer el camino y empezar a liberalizar, pero toca hacerlo con calma, de modo tranquilo, y midiendo mucho los daños que se harían si iniciáramos ese camino. 

La bicicleta

Las naciones también tienen su bicicleta y, como la de los ciclistas, requieren que sus dos ruedas estén hinchadas. ¿Tienen aire sobre las que camina Galicia? Me temo que no, están a medio gas. Galicia, para crecer de modo estructural por encima de la media de España, necesita capital físico y humano, empresas y educación para el trabajo, sus dos ruedas. Solo en la medida en que estas dos vivan en equilibrio se podrá avanzar. Lo contrario implica correr con una rueda, o dos, bajas de aire, y así nunca se pone uno a la cabeza del pelotón. 

El tejido empresarial gallego se sustenta sobre un excesivo número de microempresas, las cuales para crecer requieren de un mercado interior, una Galicia mercado único. La exportación les está vedada. No tienen ni capacidad económica ni profesional para salir de modo recurrente al exterior. Me dirá que nuestro saldo exterior es favorable y tiene razón, pero si nuestro tejido exterior fuera una fiesta, diría que en ella solo hay dos que se están divirtiendo, la automoción y el textil. Pero permítame que retome la idea de mercado interior, esencialmente porque es algo de lo que muy pocos hablamos y lo observo crucial. En la época de los Austrias, la dinastía anterior a los Borbones, el gran mercado de la península, Castilla, estaba vetado para los catalanes. Fácil de imaginar lo duro que tuvo que ser para ellos perder sus cortes con el tratado de Nueva Planta de Felipe V, aunque eso supusiera acceder a un mercado al que antes no podían entrar sin abonar excesivos aranceles. De hecho, España tuvo que esperar al desarrollismo de los sesenta, siglo XX, para construir su mercado interior.

Por eso, en gran medida no somos una nación exportadora. Durante los ochenta, la meta del que lideraba el mercado en Vigo era expandirse en Sevilla o en Salamanca, cuando no en A Coruña, pero en ningún caso abrir en Buenos Aires o en Rabat. Ha sido esta gran depresión la que nos ha tirado al exterior, pero… ¿A quiénes? A los empresarios medios, a los que en el 2011 teníamos alforjas y ningún cliente vivo en España. ¿Y la microempresa?, esa que inunda nuestros polígonos industriales y nuestros barrios. Esa sigue esperando y es la que más necesita a Galicia como identidad, la que necesita enterrar los localismos que nos fraccionan y nos dividen. La que necesita Galicia como argumentario. La reforma del impuesto de sucesiones, la industria 4.0 y la innovación y la apuesta por reducir los tributos locales a las empresas son, desde luego, pasos positivos y, en ese sentido, el presidente Feijoo me roba más sonrisas de las que hubiera pensado hace unos años. Guardo la esperanza de que algún día la oposición también me haga sonreír, pero antes han de entender dos cosas, la primera, centrarse más en Galicia y menos en sus problemas internos, la segunda, que la Xunta no es el ombligo de Galicia.

¿Y la educación? Nuestro sistema educativo parte de la base de que es un compendio de saberes y, por lo tanto, han de ser almacenados. En términos empresariales diríamos que es un inventario, la pena es que el conselleiro de Educación y su equipo se sientan como los jefes del almacén. Ese concepto, tan anclado en Galicia, es decimonónico, era válido para un mundo lento, de cambios seculares. La educación para el hoy no es un stock, es un flujo, es permanente, para toda la vida, algo que la Unesco hace tiempo que lleva gritando a todo el que la quiere escuchar. Entonces, ¿cuál es la clave? El proceso de aprendizaje. Más que memorizar debemos enseñarles a aprender, porque a los veintidós años, cuando no a los dieciséis, los lanzaremos al mercado laboral y el depósito de gasolina que les hemos dado para caminar no durará más que cinco o diez años. A partir de ahí tienen dos caminos, o triunfar profesionalmente o votar a un populista para que les frene el mundo.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/mercados/2017/05/07/bicicleta/0003_201705SM7P5991.htm

Máis Galicia

A beleza, que dis que ás veces logro, -opinaba Virginia Woolf sobre a súa escritura-, só se consigue polo fracaso de obtela a base de moer todas as pedras xuntas». «E hai que enfrontarse coas cousas que un non é capaz de facer», afirmaba. «O arte do escritor -segundo J. M. Coetzee- non se pode estudar en ningures, aínda que si se pode aprender; consiste en crear unha forma e un punto de entrada que permita ao lector habitar en ela». Wolf, Coetzee? Por que falar de escritores e non de economistas, nunha columna que non só é económica, senón que ademais está nun suplemento salmón? Porque necesito dar un paso atrás. Dentro do meu argumentario, a miña ideoloxía doutra Galicia menos paternal aínda que máis respectuosa co individuo, máis envorcada na empresa privada e menos no sector público, máis aberta e global, faltaba falar do primeiro: Galicia. Non se pode estar todo o día discutindo sobre crear outro traxe sen dedicarlle unhas liñas ao corpo que o vai vestir. É certo que Galicia é un sentimento, a min graváronmo na pel os nosos emigrantes uruguaios, os de segunda xeración, aos que din clase en Montevideo hai xa un bo número de anos. Eles ensináronme a ser galego. Aprendín tarde, pero aprendín. Pero Galicia necesita ser algo máis que un sentimento e unha lingua, demanda un argumentario colectivo, que con fortes ancoraxes no sector empresarial, sexa de carácter envolvente e absorbente. Ten que ser belo, ao estilo de Wolf, porque debe ser capaz de enfrontarse ás cousas que nunca fomos capaces de facer, e terá que ter a capacidade de xerar sustancia, de dar corpo, de crear unha forma que sexa o punto de entrada de todos, dos do sur, dos do norte, dos de interior, dos da costa. E é que ou o construímos, ou non somos nada. Deixada fóra a nosa identidade, non pasamos de ser un terzo de Bogotá ou un barrio de Sao Paulo. Tan difícil é entendelo? A pesar diso, escondémonos nas nosas cidades e se as murallas que lles deseñamos non son suficientes, construímos un inimigo exterior, e se ese está preto de casa mellor. Postos a odiar, que sexa ao veciño.

O tecido económico galego é unha estrutura enormemente débil a nivel empresarial. Enchémonos a boca coa palabra pequena e mediana empresa, pero non deixa de ser unha gran mentira colectiva, somos un país anegado de compañías con menos de nove empregados, é dicir, microempresas, e esa realidade só se transforma con máis mercado, e o mercado non medrará se non hai máis Galicia. Mentres un día celebramos que as universidades dialogan entre si, dando por feito que é unha novidade, ao outro demostramos por vixésima vez que somos incapaces de crear unha área metropolitana. E xa non falemos de crear unha rede de transporte que supere os límites urbanos, para iso teremos que nacer outra vez como pobo. E é este minifundismo mental e non outro, o que está a converter a Galicia nunha mera bandeira, ausente de significado colectivo, de argumentario de país. A Galicia dos humildes, a do autónomo, a do empregado, a do desempregado, a do dependente, a do que ambiciona e non alcanza, non pode permitirse acoller ao que non fala, ao que non dialoga, ao que non necesita do outro, ao que non respecta. As nosas alforxas non alcanzan a soster aos reis da nada.

Necesitamos outro traxe económico, certo, pero por moita tea e esforzo que dediquemos a construír novas vestimentas, nunca seremos nada sen un novo corpo. Precisamos máis Galicia.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/mercados/2017/04/23/span-langglmais-galiciaspan/0003_201704SM23P5991.htm

Nosotros somos la solución

El Gobierno, lleno de orgullo, anunció el pasado martes: «La afiliación a la Seguridad Social crece en 161.752 ocupados, cifra récord en un mes de marzo». Todos, por un medio u otro, nos enteramos, pensamos que «esto va más o menos bien» y para adelante, la vida continúa. Alguno, más inquieto, se preguntó: «¿Y nosotros qué?». También bien. En los doce últimos meses hemos aportado a la Seguridad Social 18.585 cotizantes. No está nada mal. A este ritmo, con un poco de viento de cola, podremos llegar al sueño del presidente Feijoo: 100.000 nuevos cotizantes para esta legislatura. Ambicioso el presidente, y es lo correcto. Galicia no se merece presidentes que no tengan ambición de país.

Ahora bien, ¿Qué pensaría usted si le dijese que una autonomía que tiene un tercio de los habitantes de Galicia ha generado 23.112? ¿Y que una que es el triple que nosotros está en 106.253? Está claro que aquí pasa algo. Y es que pasa tanto que tenemos que empezar a recordar, porque un día lo supimos, que hay dos Españas. Sí, dos ritmos, dos velocidades, dos Españas. Está bien hablar todo el día de lo que dijo Puigdemont en una entrevista a una televisión de Qatar. Pero a mí, lo que me preocupa, es España, en mayúsculas, no con la boca grande, como hacen algunos engominados del barrio de Salamanca. A los que respeto, pero no deseo que gobiernen mi vida ni mi sentimiento de país.

Galicia, Asturias, Castilla y León, Extremadura y, en menor medida, Cantabria no consiguen caminar, en generación de empleo, al ritmo del resto de España. Nosotros, ni aún creciendo en términos de PIB a tasas francamente altas, conseguimos igualar la velocidad de crucero de la punta de lanza de España. Es más, ahora mismo, siete autonomías están generando empleo al doble de velocidad que nosotros o que Asturias o que Castilla-León o Extremadura. Algunos multiplican prácticamente por tres nuestra tasa de crecimiento de cotizantes.

Entonces, ¿Dónde estamos? No miremos para San Caetano. Soy el primero que cada vez que pisa la Xunta cree que va a entrar en ataque de histeria, pero, con todo, no está ahí el problema. Centre su mirada en el Parlamento de Galicia, ahí sí hay un problema, y serio. La bancada, sea cual sea su color político, es claramente estatalista. Creen que son ellos los que nos van a sacar de esta triste posición de furgón de cola. Y lo creen sinceramente. Pregúnteles qué harían para sacarnos de aquí. Le contestarán que la respuesta principal está en los presupuestos, que si más obra pública, nuevos puentes, autovías que vertebren, otra terminal de aeropuerto. Y aunque esas son respuestas, nunca deben ser principales.

España tiene que abordar un debate y Galicia otro. Es necesario hablar en Madrid, y hacerlo ya, de una discriminación fiscal positiva a la inversión privada en las autonomías con un PIB sensiblemente inferior a la media estatal. Así se construye España. Así se hace país. Y que no digan que están hartos de ser generosos, pues habrá que recordarles que las legiones de ingenieros, economistas, abogados, de los profesionales que impulsan sus tierras, provienen de nuestros hogares, son nuestros hijos.

Aquí toca entender que los únicos capaces de sacar a esta tierra, nuestro país, de su posición, somos nosotros y no la Administración pública. Galicia ganaría si el Parlamento se dedicase a simplificar leyes, borrar artículos y a entender que su papel ha de ser, en cuanto a la actividad económica, de regulador y que hemos de ser nosotros, los empresarios, los que seamos la fuerza motriz de nuestra tierra. Que ellos han de ayudarnos a trabajar y no observarnos como un caballo al que ponerle un bozal en la boca, para tirar de él mismo cuando lo consideren oportuno ¿Qué buscan? ¿Cabalgar sobre nosotros?

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/mercados/2017/04/09/solucion/0003_201704SM9P5991.htm

Tanto pienso que sueño

El Estado ingresó en Galicia, por el impuesto sobre la renta de las personas físicas, 2.518 millones en el 2016. ¿Le parece mucho? El año anterior ingresó más. El impuesto de sociedades le aportó 1.297 millones: ¿bastante, no? Pues la cifra del 2015 fue mayor. Y aunque estos datos no son los de recaudación, esos los sabremos dentro de unos meses, cuando cada uno de nosotros hayamos hecho nuestras respectivas declaraciones de renta o sociedades, lo cierto es que apuntan maneras. ¿En algo va mejor Galicia? Sí, en IVA, que se incrementó cerca de un 15 %.

Creo que el mapa está claro, y la agencia tributaria nos lo confirma: crecemos por el consumo y las exportaciones. En lo demás, estamos excesivamente debilitados. Hay más empleo, cierto, pero las nuevas incorporaciones lo hacen con salarios bajos, por lo tanto, no alivian las arcas públicas. El sector privado, cargado de microempresas, todavía no se ha recuperado. Y aunque hay casos de éxito como Inditex o Estrella Galicia, los comunes, los mortales, están más centrados en desapalancarse que en invertir. Y si desean hacer esto último, comprobarán que el crédito todavía es coto cerrado para las empresas con dificultades.