Máis Galicia

A beleza, que dis que ás veces logro, -opinaba Virginia Woolf sobre a súa escritura-, só se consigue polo fracaso de obtela a base de moer todas as pedras xuntas». «E hai que enfrontarse coas cousas que un non é capaz de facer», afirmaba. «O arte do escritor -segundo J. M. Coetzee- non se pode estudar en ningures, aínda que si se pode aprender; consiste en crear unha forma e un punto de entrada que permita ao lector habitar en ela». Wolf, Coetzee? Por que falar de escritores e non de economistas, nunha columna que non só é económica, senón que ademais está nun suplemento salmón? Porque necesito dar un paso atrás. Dentro do meu argumentario, a miña ideoloxía doutra Galicia menos paternal aínda que máis respectuosa co individuo, máis envorcada na empresa privada e menos no sector público, máis aberta e global, faltaba falar do primeiro: Galicia. Non se pode estar todo o día discutindo sobre crear outro traxe sen dedicarlle unhas liñas ao corpo que o vai vestir. É certo que Galicia é un sentimento, a min graváronmo na pel os nosos emigrantes uruguaios, os de segunda xeración, aos que din clase en Montevideo hai xa un bo número de anos. Eles ensináronme a ser galego. Aprendín tarde, pero aprendín. Pero Galicia necesita ser algo máis que un sentimento e unha lingua, demanda un argumentario colectivo, que con fortes ancoraxes no sector empresarial, sexa de carácter envolvente e absorbente. Ten que ser belo, ao estilo de Wolf, porque debe ser capaz de enfrontarse ás cousas que nunca fomos capaces de facer, e terá que ter a capacidade de xerar sustancia, de dar corpo, de crear unha forma que sexa o punto de entrada de todos, dos do sur, dos do norte, dos de interior, dos da costa. E é que ou o construímos, ou non somos nada. Deixada fóra a nosa identidade, non pasamos de ser un terzo de Bogotá ou un barrio de Sao Paulo. Tan difícil é entendelo? A pesar diso, escondémonos nas nosas cidades e se as murallas que lles deseñamos non son suficientes, construímos un inimigo exterior, e se ese está preto de casa mellor. Postos a odiar, que sexa ao veciño.

O tecido económico galego é unha estrutura enormemente débil a nivel empresarial. Enchémonos a boca coa palabra pequena e mediana empresa, pero non deixa de ser unha gran mentira colectiva, somos un país anegado de compañías con menos de nove empregados, é dicir, microempresas, e esa realidade só se transforma con máis mercado, e o mercado non medrará se non hai máis Galicia. Mentres un día celebramos que as universidades dialogan entre si, dando por feito que é unha novidade, ao outro demostramos por vixésima vez que somos incapaces de crear unha área metropolitana. E xa non falemos de crear unha rede de transporte que supere os límites urbanos, para iso teremos que nacer outra vez como pobo. E é este minifundismo mental e non outro, o que está a converter a Galicia nunha mera bandeira, ausente de significado colectivo, de argumentario de país. A Galicia dos humildes, a do autónomo, a do empregado, a do desempregado, a do dependente, a do que ambiciona e non alcanza, non pode permitirse acoller ao que non fala, ao que non dialoga, ao que non necesita do outro, ao que non respecta. As nosas alforxas non alcanzan a soster aos reis da nada.

Necesitamos outro traxe económico, certo, pero por moita tea e esforzo que dediquemos a construír novas vestimentas, nunca seremos nada sen un novo corpo. Precisamos máis Galicia.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/mercados/2017/04/23/span-langglmais-galiciaspan/0003_201704SM23P5991.htm

Nosotros somos la solución

El Gobierno, lleno de orgullo, anunció el pasado martes: «La afiliación a la Seguridad Social crece en 161.752 ocupados, cifra récord en un mes de marzo». Todos, por un medio u otro, nos enteramos, pensamos que «esto va más o menos bien» y para adelante, la vida continúa. Alguno, más inquieto, se preguntó: «¿Y nosotros qué?». También bien. En los doce últimos meses hemos aportado a la Seguridad Social 18.585 cotizantes. No está nada mal. A este ritmo, con un poco de viento de cola, podremos llegar al sueño del presidente Feijoo: 100.000 nuevos cotizantes para esta legislatura. Ambicioso el presidente, y es lo correcto. Galicia no se merece presidentes que no tengan ambición de país.

Ahora bien, ¿Qué pensaría usted si le dijese que una autonomía que tiene un tercio de los habitantes de Galicia ha generado 23.112? ¿Y que una que es el triple que nosotros está en 106.253? Está claro que aquí pasa algo. Y es que pasa tanto que tenemos que empezar a recordar, porque un día lo supimos, que hay dos Españas. Sí, dos ritmos, dos velocidades, dos Españas. Está bien hablar todo el día de lo que dijo Puigdemont en una entrevista a una televisión de Qatar. Pero a mí, lo que me preocupa, es España, en mayúsculas, no con la boca grande, como hacen algunos engominados del barrio de Salamanca. A los que respeto, pero no deseo que gobiernen mi vida ni mi sentimiento de país.

Galicia, Asturias, Castilla y León, Extremadura y, en menor medida, Cantabria no consiguen caminar, en generación de empleo, al ritmo del resto de España. Nosotros, ni aún creciendo en términos de PIB a tasas francamente altas, conseguimos igualar la velocidad de crucero de la punta de lanza de España. Es más, ahora mismo, siete autonomías están generando empleo al doble de velocidad que nosotros o que Asturias o que Castilla-León o Extremadura. Algunos multiplican prácticamente por tres nuestra tasa de crecimiento de cotizantes.

Entonces, ¿Dónde estamos? No miremos para San Caetano. Soy el primero que cada vez que pisa la Xunta cree que va a entrar en ataque de histeria, pero, con todo, no está ahí el problema. Centre su mirada en el Parlamento de Galicia, ahí sí hay un problema, y serio. La bancada, sea cual sea su color político, es claramente estatalista. Creen que son ellos los que nos van a sacar de esta triste posición de furgón de cola. Y lo creen sinceramente. Pregúnteles qué harían para sacarnos de aquí. Le contestarán que la respuesta principal está en los presupuestos, que si más obra pública, nuevos puentes, autovías que vertebren, otra terminal de aeropuerto. Y aunque esas son respuestas, nunca deben ser principales.

España tiene que abordar un debate y Galicia otro. Es necesario hablar en Madrid, y hacerlo ya, de una discriminación fiscal positiva a la inversión privada en las autonomías con un PIB sensiblemente inferior a la media estatal. Así se construye España. Así se hace país. Y que no digan que están hartos de ser generosos, pues habrá que recordarles que las legiones de ingenieros, economistas, abogados, de los profesionales que impulsan sus tierras, provienen de nuestros hogares, son nuestros hijos.

Aquí toca entender que los únicos capaces de sacar a esta tierra, nuestro país, de su posición, somos nosotros y no la Administración pública. Galicia ganaría si el Parlamento se dedicase a simplificar leyes, borrar artículos y a entender que su papel ha de ser, en cuanto a la actividad económica, de regulador y que hemos de ser nosotros, los empresarios, los que seamos la fuerza motriz de nuestra tierra. Que ellos han de ayudarnos a trabajar y no observarnos como un caballo al que ponerle un bozal en la boca, para tirar de él mismo cuando lo consideren oportuno ¿Qué buscan? ¿Cabalgar sobre nosotros?

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/mercados/2017/04/09/solucion/0003_201704SM9P5991.htm

Tanto pienso que sueño

El Estado ingresó en Galicia, por el impuesto sobre la renta de las personas físicas, 2.518 millones en el 2016. ¿Le parece mucho? El año anterior ingresó más. El impuesto de sociedades le aportó 1.297 millones: ¿bastante, no? Pues la cifra del 2015 fue mayor. Y aunque estos datos no son los de recaudación, esos los sabremos dentro de unos meses, cuando cada uno de nosotros hayamos hecho nuestras respectivas declaraciones de renta o sociedades, lo cierto es que apuntan maneras. ¿En algo va mejor Galicia? Sí, en IVA, que se incrementó cerca de un 15 %.

Creo que el mapa está claro, y la agencia tributaria nos lo confirma: crecemos por el consumo y las exportaciones. En lo demás, estamos excesivamente debilitados. Hay más empleo, cierto, pero las nuevas incorporaciones lo hacen con salarios bajos, por lo tanto, no alivian las arcas públicas. El sector privado, cargado de microempresas, todavía no se ha recuperado. Y aunque hay casos de éxito como Inditex o Estrella Galicia, los comunes, los mortales, están más centrados en desapalancarse que en invertir. Y si desean hacer esto último, comprobarán que el crédito todavía es coto cerrado para las empresas con dificultades.

Ponerse de perfil tiene coste

La Inglaterra de mediados del siglo XVIII es un país orgulloso, aunque carente de la potencia económica de los dos grandes colosos continentales, Francia y España. Su colonia principal la desprecia y sus otros espacios territoriales no poseen ni el oro ni la plata del Perú o México. Solo tiene un recurso para sobrevivir, ella misma. El mercantilismo español, basado en clientes cautivos, las colonias, y monopolios de comercio, como la Casa de Contratación de Indias, no es un sistema económico que asegure la suficiencia financiera de la Corona Británica. Necesitaban algo más. Otro modelo económico, basado en la competitividad, que creara telas tan bajas en coste que pudieran ser vendidas de contrabando en Portobelo, Panamá. Su rentabilidad tenía que ser tan alta que compensara los sobornos a las tropas españolas y las confiscaciones oportunas. Tenía que ser producto ganador en coste, precio y calidad. Eso o morir.

Adam Smith, considerado por la historia como la primera persona capaz de construir una teoría económica compacta, no es ajeno a este problema. Por algo su obra magna se denomina La riqueza de las naciones. Y aunque entre sus muchas ideas fuerza está una que destrozaría al sistema gremial imperante, la de la división del trabajo, no es ahí donde me quiero centrar, sino en una muy simple que ha pasado desapercibida para la mayoría de estudiosos de su obra: «Que los filósofos acudan a las fábricas». Sus filósofos serían los que hoy observamos como nuestros académicos. Él gritaría que nuestros profesores de universidad entren en las fábricas, en el sector empresarial, en la industria. Que transfieran conocimiento. Si Smith hubiera sido presidente de la Xunta de Galicia, sería posiblemente lo que les hubiera exigido a los rectores gallegos: transferencia y maridaje. A cambio, vimos esta semana a toda la Galicia política regocijarse porque han decidido repartirse el mercado educativo y no pelearse entre ellos. Estas ambiciones no hacen grande a un pueblo, más bien recuerda a los ruegos que se oían en el Imperio Romano cuando estaba en fase de descomposición.

Pero que no piense el presidente Feijoo que están en el siglo XVIII las respuestas a algunos de nuestros problemas. El reto, hoy, iría más allá. Son las fabricas las que tienen que entrar en las universidades. La vanguardia industrial gallega está, por términos generales, por delante del sector educativo. Los profesionales más brillantes del sector privado, dispuestos a surfear por la ola del conocimiento, ya que en ello les va su sueldo y prestigio, están más hambrientos del mañana tecnológico que un buen número de funcionarios obsesionados en saber dónde van a colocar su último artículo. En España, decidimos darle, de modo erróneo, el monopolio de la educación superior a las universidades y su gobierno a un ente corporativo y, al hacerlo, construimos castillos inexpugnables, dominados, en bastantes casos, por políticos en retirada o lo que es peor, en posición agazapada.

Y esto puede ser malo, por el coste de oportunidad que tiene para la sociedad empresarial, pero lo que realmente es nefasto es que ignoremos que otros muchos pueblos han hecho tareas que aquí no deseamos realizar. Y esos pueblos compiten contra nosotros y, cada vez que nos ganan, obtienen una inversión extranjera que nosotros no obtenemos, obtienen una fábrica que nosotros no tenemos, obtienen un nivel de vida del cual carecemos, obtienen una felicidad para su pueblo que aquí no garantizamos. En la vida todo tiene un coste y ponerse de perfil, también.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/mercados/2017/03/26/ponerse-perfil-coste/0003_201703SM26P5991.htm

Solo algo puntual… de momento

La banca está viviendo un momento anómalo. Está cargada de liquidez y con los tipos en mínimos históricos. A diferencia de la época precrisis, los depósitos superan al crédito concedido y si no fuera así siempre podría acudir a la barra libre del BCE. Pero ¿de qué vale tener tanto si nadie te lo reclama? Y eso es lo que está pasando. Los españoles nos estamos desapalancando, esencialmente en préstamo hipotecario, y, aunque empezamos a pedir algo de crédito, suele ser menor y destinado al consumo. En este marco, las entidades de crédito solo tienen una estrategia: sobrevivir. Y para ello intentan darle crédito a todo aquel que se mueve y es capaz de superar los filtros de los analistas de riesgos. A los otros, ni agua o excesivamente caro. Tiene lógica.

Por lo tanto, ni la dación en pago ni los conflictos judiciales, nada hará que la banca suba sus tipos hipotecarios si con ello pierde un cliente. Pero, como indicaba en la primera frase, esto es algo anómalo y, por lo tanto, tendente a ser efímero. La regulación financiera internacional ha sacralizado la solvencia bancaria, es decir, la relación entre capital y riesgo concedido. Y dado que solo hay dos maneras de capitalizar una entidad, ampliaciones de capital o beneficio no distribuido, es fácil deducir que las estrategias financieras de crecimiento por volumen pronto serán sustituidas por crecimiento vía márgenes. Esto quiere indicar dos cosas. En primer lugar, que el cliente sin capacidad de negociación bajará a segunda división, se tenderá a discriminar la clientela; y, en segundo lugar, que el tipo de interés, agotada la vía de las cláusulas consideradas abusivas, se elevará para compensar el beneficio no obtenido. ¿Para todo el mundo? Lo dudo. Posiblemente el cliente preferente salga beneficiado de los reveses jurídicos de la banca. Los otros, los más débiles, los que lideraron el cambio de unas reglas de juego abusivas, verán subir sus hipotecas. Sufrirán las garras de un mercado escasamente competitivo, de un mercado que solo respetará a los más fuertes, de un mercado sin mercado.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/economia/2017/03/21/solo-puntual-momento/0003_201703G21P27992.htm

Nos desapalancamos

Las familias españolas, al terminar el 2014, debían 748.760 millones de euros. Treinta y ocho mil millones menos al terminar el pasado enero. Si observamos el mundo de la empresa, el panorama es similar. Terminan el catorce con una deuda de 950.482 millones y, a finales de enero, sus deudas habían caído en cuarenta y cinco mil millones. España se desapalanca, paga sus deudas. De nada ha servido la política de máxima liquidez del Banco Central Europeo. Bueno, de algo sí, ha reducido los costes financieros del sector privado. Parecemos una bestia herida, tumbada al sol del otoño, descansando y viendo cómo la luz ayuda a cicatrizar las heridas. Y lo cierto es que si observamos cómo evoluciona la inversión, podemos constatar que ha ido perdiendo gas a lo largo del 2016. Si situamos la vista sobre las familias, veremos un comportamiento dual. Por un lado, está cayendo la deuda hipotecaria, tanto como 43.000 millones en 25 meses y, por el otro, sube tímidamente el crédito al consumo. Es decir, el cuadro que se está dibujando es el de una familia que se siente cómoda observando cómo amortiza su hipoteca y con ello reduce sus deudas. Si la economía se lo permite, incrementa ligeramente sus ahorros. ¿El consumo? Accede al mismo por necesidad, cambia de automóvil, de muebles, o adquiere un televisor solo si es necesario, absolutamente necesario. Y esto sí, esta «locura consumista» la hace ahora y no la hacía hace tres años, porque hoy vive en una sensatez aceptable, mientras que antes era rehén del pánico.

¿Es esta una situación envidiable? No. Necesitamos más pulso vital. No es deseable volver a la borrachera consumista del 2007, pero tampoco vamos a ningún sitio cantando loas a la austeridad. No nos olvidemos que en este país han llegado a trabajar veinte millones de personas y hoy aún no llegamos a los dieciocho millones. Necesitamos más consumo, más inversión, más empleo y, si me dejan lanzar un deseo a los Reyes Magos, también diría una reforma administrativa total, que redujera sustancialmente la burocracia y dividiera por cuatro el número actual de ayuntamientos. Está claro que las variables que dependen de los españoles no se van a mover. Antes muertos que reducir el peso y el control de la administración. Así que hablemos de las variables exógenas, las que no dependen de nosotros. La verdad es que a uno le duele el alma pensar que tiene que estar atento y, casi diría, hasta rezando, para que el marco macroeconómico mundial favorezca a tu país, y aquello que está en nuestras manos, que depende de nuestra miserable voluntad política, ni lo toquemos. Desastre de país. Bueno, ya desahogado, vuelvo al consumo, inversión y empleo.

Política fiscal

No se equivocaba Draghi cuando decía que los tipos bajos crearían consumidores. Lo que no tuvo fue la capacidad de acertar con el tipo de interés. Los fue bajando hasta que los situó en cero, pero claro, menos ya no podía. ¿Iban a ser negativos? No estaba en sus manos. De hecho, en más de una ocasión pidió ayuda a la política fiscal, al gasto público, entendía que esta batalla la perdía. Y la hubiera perdido si no fuera por la subida de la energía. La inflación de costes, la energética, ha venido acompañada de una mala estación para los productos del campo, provocando subidas de precios que desconciertan a la familia austera que retratábamos anteriormente. Algo se está moviendo y su comportamiento ahora sí es predecible, ante una pérdida del poder adquisitivo de su ahorro cambiarán de activo, irán a los mercados o al inmueble. Así que es cierto que España se desapalanca, disfrute con el dato, pronto verá cómo vuelve a apalancarse. Es la vida, es la economía.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/mercados/2017/03/12/desapalancamos/0003_201703SM12P5991.htm

Galicia no se merece esto

Galicia se merece que su sector empresarial esté liderado por alguien que la entienda. Por alguien que abandone su minifundismo mental y comprenda que las provincias son un bastardo que nos legó la cultura napoleónica del siglo XIX, anacronismo puro. Los empresarios no necesitamos ni más A Coruña, ni más Lugo, ni más Pontevedra, ni más Ourense, necesitamos un espacio de tres millones de personas, o ¿estos minifundistas mentales no se dan cuenta de que cualquiera de nuestras grandes ciudades no es más que un tercio de un gran barrio de Bogotá, Buenos Aires o Sao Paulo?

Aterricen de una vez. Refunden esa Confederación de Empresarios. Ese instrumento de poder, que solo absorbe lo negativo de nuestra clase empresarial. Faltan hombres y mujeres de empresa, que hagan país, que hagan Galicia. Que sepan el vértigo del riesgo empresarial, de sentir que su casa está hipotecada, que su empresa es su vida, que sus empleados se han dejado la piel para ayudarlos a no cerrar. Solo esos nos entenderán, solo esos nos podrán representar. Y si llegan a tener la madurez suficiente como para hacer una nueva CEG, háganlo. Primero, pactando un discurso por Galicia; segundo, una estrategia para poder llevarlo a cabo; y, tercero, acordando por unanimidad la presidencia, porque la persona que la lidere, habiendo lo anterior, nos será indiferente.

Decenas de miles de empresarios gallegos hemos estado a la altura, a la altura de nuestros trabajadores, de nuestras familias y de nuestro entorno, ahora solo necesitamos que ustedes estén a la altura de sí mismos.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/economia/2017/03/10/galicia-merece/0003_201703G10P34999.htm